Tu primer contacto hacia la muerte: el conductor de una carroza fúnebre

“Nosotros somos las primeras personas que nos presentamos con los familiares, nuestro trabajo consiste en recuperar los cuerpos en el domicilio, los cargamos, amortajamos, metemos al ataúd y hacemos el traslado”, así explica Arturo Lobato, de 35 años, su trabajo en la funeraria J. García López, en el que lleva un lustro.

Antes de iniciar la travesía en la industria funeraria, trabajaba como vigilante de un edificio. “Responsable de primer contacto”, ese es su cargo. En una industria que exige calidez, sensibilidad y vocación de servicio, el uso de eufemismos está justificado.

El nombre del cargo -explica- se debe a que son los primeros en presentarse con los familiares de las personas fallecidas, lo que conlleva una gran responsabilidad.

El destino y las buenas referencias de su ex jefe, dueño del edificio donde antes laboraba, fueron las circunstancias que lo llevaron a convertirse en conductor de carroza fúnebre.

“Me dijo que me iba a quedar sin trabajo, pero que podía conseguirme algo en una funeraria, yo no sabía de qué se trataba, solo llegué con mis papeles a presentarme”, cuenta.

En ese momento, en la empresa funeraria, tenían vacantes en el almacén y responsables de primer contacto.

“Era la primera vez que iba a trabajar en algo tan cercano a la muerte. Me preguntaron si sabía manejar, dije que sí, enseguida me dijeron que tenía oportunidad como conductor de la carroza fúnebre”.

Arturo contaba con licencia vigente, necesitaba el trabajo y no lo pensó dos veces.

Dirigirse al domicilio, cargar el cuerpo, amortajarlo, introducirlo a la canastilla, manejar hasta la agencia, volver a cargar el cuerpo y entregarlo a la familia, una vez que esté preparado para ser velado. O, en su defecto, llegar al lugar, maquillarlo y vestirlo para que sea velado en el domicilio. Esas eran (y son) las funciones principales de un Responsable de Primer Contacto.

***

Mayo de 2013. Una tarde de domingo. Suena el teléfono en las oficinas de J. García López, ubicadas en General Prim 52, colonia Juárez. Una persona, de aproximadamente 80 años, falleció en un domicilio en la colonia Asturias. La información es enviada inmediatamente a la coordinación, enseguida se le llama a los Responsables de Primer Contacto.

Se les entrega la información de la agencia o sucursal donde se trasladará el cuerpo y el tipo de servicio que se le dará; cremación, inhumación, servicio directo.

Arturo, en compañía de un colega, entran en la carroza para conducir hasta el domicilio señalado. Este será el primer encuentro de Arturo con la muerte.

Llegan al lugar e ingresan al domicilio: la familia, pasmada, conmovida, entre sollozos, entregan el acta de defunción a Arturo.

-¿Nos autoriza pasar para ver el cuerpo de su familiar? -pregunta Arturo.

La familia asiente. Arturo es empático, a pesar de que su instinto lo obligue a mantener distancia profesional con el dolor ajeno. No siempre lo logra, confiesa.

En el proceso de levantar el cuerpo y trasladarlo a la canastilla, los familiares le sueltan: “No lo vayas a tirar, no lo vayas a maltratar”. Arturo les responde que no se preocupen, que su familiar será tratado con absoluto respeto.

-¿Ha cambiado, desde que estás aquí, tu idea de la muerte?

-Si ha cambiado un poco. Ahora veo la muerte como algo normal. Lo tomo tranquilamente.

El ruido del motor de la carroza rompe el silencio del estacionamiento. Arturo se dirige a un servicio directo: la persona fallecida será cremada sin velación, por decisión de la familia.

Arturo entra a la casa, que huele a abandono. La fallecida es una mujer, que frisa los 80 años, sentada en una mecedora, cubierta por cobijas. El aspecto de su piel, la mirada perdida y la distancia que guardaban los deudos de su familiar, conmovió a Arturo, quien le ofreció a la familia realizarle un arreglo estético a la mujer fallecida.

El servicio directo implica el traslado del cuerpo hacia la sala de cremación, sin ser velado e incluso sin ser arreglado. “Sentí bien feo. Y me dije: ‘Usted no puede irse así, sin despedirse bien de su familia”, cuenta.

Bañar el cuerpo. Polvo para darle color a la piel, rubor para enrojecer las mejillas, un color suave en los parpados, pestañas delicadamente rizas y el peine que se desliza por su cabello. Con eso basta para que una persona fallecida tenga la apariencia de dormir, ahuyentando una imagen tétrica y, a pesar del dolor, los deudos se acerquen y se despidan.

“¿A poco ella es mi mamá? ¡No lo puedo creer!”, le respondió uno de los familiares al ver el resultado. Entre el llanto y la conmoción, hubo espacio para agradecer a Arturo, por el gesto que tuvo con ellos.

En este oficio, la empatía es algo imprescindible. Si bien el temple es necesario, para que los colaboradores no se paralicen ante situaciones estresantes per se, los profesionales de esta industria están obligados a tener tacto y a transmitir paz y tranquilidad a los deudos.

El perfil que se busca es de personas cálidas, sensibles, que privilegien la nobleza. “Nuestros clientes están pasando por un momento muy complicado y es indispensable que nuestros colaboradores transmitan calidez hacia su dolor”, afirma Jaime Herrera Feria, director de RH de J. García López.

Concluye Arturo: “Lo más difícil que he vivido en este oficio es trasladas a bebés o niños”. Y parábolas de la vida, hace unos meses, Arturo se reencontró con su ex jefe, a quien le debe su trabajo actual. Solo que esta vez, su ex jefe era una de las personas fallecidas que tuvo que trasladar a la funeraria. A pesar de lo singular de su oficio, Arturo, en estos momentos, no se imagina haciendo otra cosa: “Me gusta lo que hago”.

@Brendaluma96

 

 

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