Ricardo Soto: El influencer que no quería ser influencer

Tiene casi 8 mil seguidores en Instagram, pero los números –en su caso– no importan, sino la historia detrás de ellos. ¡Conócela!

A 100 mil pies de altura, Ciudad Juárez aún no es visible: una bruma arenosa, color ocre, impide apreciar cualquier rastro de urbanidad. El vuelo AM278 de Aereoméxico está a punto de aterrizar. El ala derecha del avión tiembla, sacudida por fuertes ráfagas –sabríamos después– de entre 66 y 100 kilómetros por hora. La turbulencias previas al aterrizaje nos tienen a algunos al filo del asiento, inquietos, asustados.

«Preparados para el aterrizaje», escucho en la bocina. El avión desciende. La pista se atisba a lo lejos: de pronto, sin aviso previo, el avión asciende, a gran velocidad. Primer intento de aterrizaje: fallido. Como si fuese una pesadilla, o un temible dejavú, el avión da una vuelta en torno al Aereopuerto Internacional de Ciudad Juárez. En la cabina se respira la tensión de los pasajeros, se hace un silencio. Viene el segundo intento: el avión desciende, toca la pista y frena entre sacudidas violentas, como estertores de un ave fulminada por un rayo. Bajo del avión desconcertado, con un hormigueo nervioso en todo el cuerpo.

Me recargo en una columna, en la zona de abordar, y ahí está Ricardo Soto, alias Ritchie. No nos conocemos, pero vamos en el mismo grupo de periodistas invitados a Ciudad Juárez.– Estuvo cabrón, ¿no? Ritchie levanta la ceja, me mira.–Estuvo perro, pero me han tocado peores –me dice con una sonrisa de oreja a oreja, confiado, tranquilo–¿En serio? A ver…cuéntame. 
Así conocí a Ritchie, entre turbulencias y aterrizajes casi forzosos.

Ricardo Soto estudió administración de empresas en la UNAM y se especializó en comercio electrónico. Al egresar, le ofrecieron empleo en una empresa cuyas operaciones eran 70% retail; 30% electrónico.»Mi trabajo era volver esa empresa 100% e–commerce«.

Y lo logró: en 4 años el 100% de sus operaciones eran electrónicas. La empresa creció y, entonces, Ritchie tuvo a su cargo a 50 colaboradores.Su equipo se encargaba de un portafolio de alrededor de 13 mil productos. La empresa, entonces, abrió oficinas en Argentina, Colombia, México, Estados Unidos y Canadá A la par, cursó dos MBA, en línea, en redes sociales y marketing digital, respectivamente. Y de pronto, los sismos de septiembre de 2017 sacuden Oaxaca y la Ciudad de México.

Ricardo participó como brigadista en las labores de rescate.»Estuve debajo de los escombros, ayudé a sacar cuerpos y eso me partió el corazón», cuenta.Desde ese día, Ricardo se convirtió en Ritchie. Repite una frase, como si fuera un mantra: «Somos polvo y en polvo nos vamos a convertir».Sorprendido por las muestras de solidaridad de los ciudadanos, tuvo una revelación: «Viajaré por el mundo con la única intención de ayudar».

Y lo hizo: vendió todas sus pertenencias, su motocicleta, renunció a su trabajo y voló con destino a Europa, cargado de dos maletas con 13 kilogramos de peso.

Tras su renuncia, Ritchie pasó los primeros tres meses recorriendo Europa. España, Italia y Alemania fueron los primeros tres países que visitó.Amante del crossfit, durante el viaje tuvo que abandonarlo, pues –cuenta– se la pasaba caminando, informándose sobre los lugares, además tenía un presupuesto restringido: 250 dólares al mes.

«Yo viví un año y medio con dos pares de tenis, tres o cuatro playeras, una camisa, 3 shorts, 2 pantalones, una computadora, un celular y una cámara Go Pro, que me obsequió la marca».

Cuando se fue, Ritchie pesaba 76 kilogramos; ahora, a su regreso, la báscula marcó 70 kilógramos.Cuando se fue, sabía algo de carpintería, plomería, albañilería, enseñanzas de su padre; ahora, a su regreso, además, sabe sembrar, recolectar arroz y cuidar elefantes.

Cuando se fue, tenía 900 followers en su cuenta personal de Instagram; a su regreso, tiene casi 7 mil 500 seguidores, todos orgánicos. El objetivo de su viaje nunca fue convertirse en influencer. A su regreso, representantes de marcas, entre otras instituciones, lo buscaron para generar contenido. Y ahí empezó otro viaje.

En un año y medio, Ritchie vivió muchas vidas en una. En Vietnam paseó en motocicleta sin pagar un peso.En la India un hombre trató de estafarlo, pero al final –Ritchie le dijo que era mexicano: casi inmune a las estafas– terminó haciéndose amigo de él, al grado de compartir los alimentos con él. Aprendió a surfear en Filipinas. Y en Cambodia, Vietnam, Filipinas, Corea del Sur estuvo sin dinero en efectivo.

Sobrevivió con una tarjeta de crédito y, cuando necesitaba cash, negociaba en supermercados: «Les proponía: ‘cóbrate 300 dólares y me das 250 en efectivo'»En Alemania asistió a un maestro que tenía a su cargo un grupo de niños con déficit de atención e hiperactividad.

«Yo fui un niño hiperactivo, así que disfruté muchísimo armar legos con ellos, correr por todos lados: me divertí como enano». En Egipto se quedó sin dinero: solo tenía un pan y un yogurt para comer al día siguiente, y el equivalente a 20 pesos mexicanos en su bolsa. En el vagón de un tren, hambriento, un hombre, con una baguette en mano, se sentó a su lado. Ritchie se cubrió la cara con una pañoleta, que llevaba anudada a su cuello, para no mirar la comida de aquel hombre.

«Entonces siento que me toca el hombro, y me dice: ‘¿Quieres?’. Le dije que sí, con mucha pena, pues tenía mucha hambre». Para Ritchie eso no es otra cosa que un reflejo del karma, pues él, días antes, había comprado –con sus últimas monedas– dos panes que repartió entre las personas que mendigaban a lo largo y ancho del tren. Su peor experiencia: una araña lo picó en un karaoke en Filipinas.

Estaba sentado en una mesa de madera y al tocar el borde sintió un pinchazo en la mano que confundió con una astilla. Días después la mano se le inflamó. Consultó a una doctora, tía suya, por WhatsApp: ella lo monitoreó y le dijo que tenía que acudir urgentemente a un hospital.Por fortuna, antes de viajar, Ritchie adquirió un seguro médico internacional que lo cubría durante un año.

Estuvo un día hospitalizado, conectado a un suero, hasta que la mano se le desinflamó. De todo el proceso, tiene registro en su cuenta de Instagram, en donde –curiosamente– las personas de otros países le empezaron a escribir, sugiriéndole que los visitara. En París, el costó por visitar la Torre Eiffel oscila entre los 12 y los 18 euros.

Ritchie no contaba con ese monto. Subió un video a su cuenta de Instagram diciendo que se iba a ir de París sin subir a la Torre Eiffel. Un amigo suyo, con quien se hospedó en Montreal, Canadá, lo contactó: –No te vayas, Ritchie… Ya estás ahí: tienes que subir. –No tengo dinero.–Pero tienes Instagram… En minutos, su amigo de Montreal le consiguió a Ritchie un patrocinador que le pagó la entrada a cambio de un video de su ascenso a pie por la Torre Eiffel.Hasta ese momento, Ritchie fue consciente del potencial de las redes sociales.

«Me preguntan en Instagram que, seguro, viajo mucho porque tengo dinero. Pero no es así. No me vas a creer, pero en todo el viaje gasté en total 70 mil pesos», confiesa. ¿Cómo le hizo? Intercambió trabajo por comida. Y viajó de un país a otro, de un continente a otro, buscando las ofertas más baratas de vuelos.

Concluye con un mensaje dirigido a quienes persiguen sus sueños: «Inténtalo. Si lo hiciste y fracasaste, entonces intenta otra cosa». –¿Alguna vez tuviste miedo?–Nunca tuve miedo. Hice este viaje para demostrarme a mí mismo de lo que soy capaz. Hagas lo que hagas, hazlo sin miedo. –¿Cómo te ves en 5 años? ¿Seguirás viajando? –Me veo viajando, pero sin dejar de ayudar a mi país. Quisiera abrir un hostal que, en vez de cobrar, le haga honor a lo que me pasó a mí: intercambiar trabajo por hospedaje y comida.

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