Oficios ejemplares: un día con los recolectores de basura

No existe un censo de ellos. Tampoco cuentan con Seguridad Social. En esta crónica nos acercamos al trabajo de los recolectores voluntarios de basura de la CDMX: el eslabón más débil de una cadena de trabajadores de limpia, invisibilizados, con quienes el gobierno de la capital tiene una deuda pendiente.

#OficiosEjemplares #TrabajadoresDeLimpia

Estoy en las inmediaciones del metro UAM-I de la línea verde, que va de Constitución de 1917 a Garibaldi/Lagunilla. Me comunico con Giovanni, quien es mi contacto para conocer la labor de los recolectores voluntarios de basura.

Llego a la Universidad Icel, en donde me encuentro con un par de muchachos que sacan de un portón tambos de metal oxidados. Del camión de la basura, estacionado en la acera, cuelgan costales y bolsas voluminosas.

Los recolectores clavan la mirada en mí, pues me detengo muy cerca del camión, obstruyendo el paso con los tambos repletos de desechos.

Me encuentro con un hombre de barba incipiente, que frisa los 35 años y está ataviado con una gorra roja, una playera tipo polo, color gris con franjas azules y blancas, un pantalón azul marino y botas de casquillo desgastadas de la punta. Él es Florentino «Tino». Detrás aparece un joven tímido, que me esquiva la mirada, quien viste ropa oscura, está despeinado y un bigote espumoso que deja entrever su sonrisa.

Volteo hacia el interior del zaguán y sale un joven con el cabello rapado de los costados. Viste una sudadera gris, con capucha, que trae puesta; a pesar de eso, un tatuaje en su cabeza, del costado derecho, se asoma. Él es Fernando,“Shagi”, quien sufrió una fisura en su tobillo al accidentarse: se cayó de la parte más alta del camión, y por eso cojea.

-¿Cómo pasó? -le pregunto.
-Tuve una lesión un poquito fuerte que me mandó a descansar por un mes y medio con una férula -cuenta una risa nerviosa en el rostro.

Subió por la escalera del camión y se colocó del lado de la circulación. Trató de amarrar un bulto, jaló el lazo para sostenerlo, pero este se tronó. Sus compañeros lo llevaron a un hospital privado. Tomaron dinero del bote, en donde reúnen las propinas que les da la gente y lo acumulado por la venta de desechos reciclables, para pagar la consulta y los medicamentos. Los estudios y otros gastos derivados del accidentes los cubrió a través de préstamos de sus familiares.

«Shagi» trabaja desde hace 9 años en la recolección de basura. Me entero de que su papá es «Tino», el chofer del camión.

Muchos de ellos se someten a riesgos y accidentes propios de su oficio. Sin un sueldo, se ven obligados a acumular materiales reciclables y venderlos en los centros de acopio que mejor les pague. Por eso es usual que, a los costados del camión, amarren costales con diversos materiales, como pet, aluminio y fierros viejos. Y que eso, luego, cause accidentes. Es como un círculo vicioso.

Subimos al camión e inicia la jornada. «Tino», al volante, maneja concentrado, a baja velocidad, por la Calzada Ermita Iztapalapa, sorteando los vehículos estacionados en doble fila. Giovanni, a mi derecha, me platica cómo es la rutina de un recolector de basura.

Trabajan largas jornadas, que inician a las 6 de la mañana y concluyen a las 11 de la noche “si bien nos va”. En ocasiones terminan hasta las 4 de la mañana. Seis pares de lentes, un aromatizador y algunas estatuas en miniatura de Buda adornan el tablero. “Estamos aquí por lo que nos da la gente”, interviene «Tino». Sus ingresos, por día, oscilan entre los 100 y los 300 pesos, en una jornada de 17 horas de trabajo.

Giovanni, en ocasiones, paga la comida de todos, pero hay días “en los que no sale ni para eso”. Hay días, confiesa «Tino», en los que no desayunan o comen tarde, debido a las cargas de trabajo.

Primera parada. Periférico. Lugar: centro de acopio. Los recolectores descuelgan los grandes costales con el material acumulado. Mientras tanto, en la cabina, Giovanni me explica que el camión -antes- tenía una ruta fija en Coyoacán, pero debido a los intereres del sindicato, se les quitó y ahora solo sustituyen a los camiones que se llegan a descomponer o hacen tratos de palabra con algunos barrenderos para llevarse la basura.

Para tener algo “estable” en este oficio se debe estar afiliado a un sindicato, asistir a asambleas y a eventos con los que se garantiza que conservarán la ruta. Dejaron de asistir a las reuniones del sindicato debido a que se prolongaban y ello significaba un día de trabajo perdido. La consecuencia de ese acto fue que les quitaran apoyos económicos, materiales y plazas.

“No accedimos a trabajar y darles a ellos una parte de lo que ganamos”, sostiene Giovanni.

En ese momento, «Tino», mientras pesan los materiales, le entrega un billete de 20 pesos, más una monedas, y un ticket: la ganancia de lo vendido hasta ahora.

«Shagi», Ángel y Saúl están colgados de la “concha”; es decir, la parte trasera del camión, en donde se depositan los desechos. Subo los escalones del camión y, con dificultad, entro en la cabina, una vez más. El camión tienen un sello oficial, distintivo, de la Alcaldía de Iztapalapa.

-¿A pesar de que el camión tiene sellos oficiales, ustedes no son asalariados?
-No -responde «Tino».
La mayoría de los recolectores, e incluso los barrenderos, son empleados “voluntarios”. Veo el espejo retrovisor. Y me pregunto: “No les dirán nada por traer a trabajar a un menor de edad”. Se los pregunto. «Tino» dice, desenfadado, que no: “Todos empezamos en esto a la misma edad. Buscas en qué trabajar porque, si no lo haces, no sales del hoyo”.

Giovanni reafirma la idea: «Yo también empecé chavito, a los 10 u 11 años. Salía de la escuela y ayudaba a mi abuelo y a mi papá». Su abuelo cuenta con una plaza, pero su papá no, por lo que decidió perseguir el sueño americano: migraron a Canadá.

Giovanni vivió 10 años en Toronto. Estudió hasta onceavo grado (nivel preparatoria en México). Habla inglés fluido, conversacional, pues el francés -a pesar de que se habla en ciertas regiones de Canadá- “no se le dio”. Dice que lo aprendió más por necesidad que por gusto: allá nadie le respondía en español.

Trabajó en la industria de la construcción: puso tejados, armó estructuras de madera, barrió la nieve, cortó pasto e instaló cocinas integrales. También se empleó como chofer. Pero luego el sueño se disipó, como la niebla, y regresó a la región más transparente: México.

“Volví, pero no sabía que tenía que validar mi High School, así que aquí mis estudios no me sirvieron”, dice, cabizbajo. No le revalidaron sus estudios ni tampoco certificaron sus conocimientos de inglés, a pesar de que un día -cuenta- hizo una prueba de valoración en Harmon Hall y ahí le dijeron que contaba con el 100% de inglés, que no necesitaba clases. No obstante, se inscribió: tomó clases durante dos meses y obtuvo un certificado, lo que -a la postre- derivó en una oferta para dar clases de inglés, la cual rechazó.

“No nací para eso, para estar encerrado”. Y agrega: “Hay personas que dicen que hablan inglés, que lo dominan, que trabajan en grandes empresas, pero luego los escucho y me da risa: no saben hablarlo bien”, dice Giovanni.

-¿Regresarías a Canadá?
-Sí, pero no a trabajar, sino a vacacionar o a vivir.
Una sonrisa se dibuja en su rostro. Circulamos por la avenida Estrella, rumbo al segundo centro de acopio, a vender playo y cartón. Me alejo y los dejo hacer su trabajo.

No quiero entorpecer sus maniobras, al final del día si yo los interrumpo en sus labores afecto su rendimiento y probablemente acabarían más tarde su rutina diaria.
Es momento de tomar un respiro y alimentar al equipo de trabajo, al otro lado de la acera nos esperan los tacos “El samy”, en donde se ofertan delicias servidas en dos tortillas con bistek, suadero, carne enchilada, chuleta, entre otras variedades de sabores. Y entre clases de inglés, de reciclaje y tragos de refresco de cola, la plática sigue:

-¿También hay mujeres entre ustedes?
-Sí, claro -contesta Giovanni.
Me explica que es más común que trabajen como barrenderas, como «Magos», a quien vamos a recoger justo ahora.

Nos estacionamos a contraesquina de una plaza comercial. «Magos», hermana de «Tino», tía de «Shagi», arrastra un carro de basura grabado con el número 476, luego se detiene y barre la calle con una escoba hecha con ramas de árboles. A su costado descansan tres tambos de basura, algunos con palos de madera insertados en su interior, de los cuales cuelgan bolsas de plástico con material reciclable.

Me la presentan. Estrecho su mano, rugosa, que refleja en su piel los años de trabajo. Sonríe, a pesar del sol, que cae a plomo. Eso sí: lleva doble protección: un sombrero de paja y, debajo, una gorra. De su cuello cuelgan tres crucifijos que caen sobre el mandil color verde.

Me cuenta: “Tengo 30 años trabajando como recolectora de basura. Una vez me dieron una base, pero me la quitaron a los 3 meses. Heredé el oficio de mi mamá, que se casó con un señor y él nos dio la oportunidad de trabajar de esto”.

Hace un par de décadas, tras su segundo embarazo, le quitaron su carrito y su tramo, de forma arbitraria. Después recuperó su empleo. Ha sido, para ella, un empleo de idas y vuelta, de luchar por su medio de trabajo, de subsistencia. Tiene 5 hijos, y 4 dependen de ella. Una de sus hijas, que tiene 17 años, trabaja con ella.

“A diferencia de otros trabajos, no me quitan ni me descuentan nada y sale por los menos para la comida de todos los días”, cuenta.

No es su único ingreso. Todos los días, al finalizar su jornada, monta un puesto ambulante: vende productos de belleza para hombre y mujer, además de calzado y colchas por catálogo.

Me despido de ellos, les agradezco sus testimonios. Antes de partir, observo una escena que llama poderosamente mi atención: Giovanni le habla a los recolectores de basura que trabajan con él. Habla con ellos de manera pacífica y cordial: toca el hombro de uno de sus compañeros, hace ademanes; transmite un mensaje de motivación. Sin duda -pienso- Giovanni es un líder. Y en este gremio también se hace patente la importancia del compromiso, la motivación y el trabajo en equipo.

Por Brenda Martínez @Brendaluma96

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