De agallas periodísticas: historia de un empoderamiento

David Renmick, en su libro Reportero (Debate, 2016), una selección de los mejores textos del director de The New Yorker, en las primeras líneas de su texto «La señora Graham», cuenta que estuvo a punto de matar a Katherine Graham, presidenta de The Washington Post.

Reseña

David Remnick, en su libro Reportero (Debate, 2016), una selección de los mejores textos del director de The New Yorker, en las primeras líneas de su texto «La señora Graham», cuenta que estuvo a punto de matar a Katharine Graham, presidenta de The Washington Post. En 1988 el joven reportero, designado a la oficina del Post en Moscú, se encargó de recibir a Graham quien tendría una entrevista con el secretario general del Partido Comunista.

A Renick le encargaron darle un tour por Leningrado a ella, y a su amiga Meg Greenfield, directora editorial. El segundo día de la visita de Graham, Remnick decidió llevarla al circo. Ahí, “entre repugnantes bancos”, Graham, algo cansada y aburrida, pidió que se retiraran justo en el intermedio. Remnick trató de convencerla, diciéndole que esperara el siguiente acto, que tenía por protagonista al Oso Misha, “que llevaba patines en las patas traseras y jugaba al hockey sobre hielo”. La señora Graham, parpadeando, le espetó: “Creo que es hora de irnos”. Lo que ocurrió después, Remnick lo cuenta de forma espléndida:

“Conmigo a la cabeza, los tres descendimos por una rampa y pasamos frente a lo que parecía una caja del tamaño de un ataúd con unos listones abiertos. Dejé atrás la caja sin incidentes. Meg Greenfield también. Entonces empezó a bordearla la señora Graham. De repente, asomó una garra enorme que intentó atrapar la inocente pantorrilla de la presidenta de The Washington Post Company. Al día de hoy no sabría decir qué bestia era –un leopardo, un puma, un jaguar-, pero todavía puedo ver sus garras a menos de un centímetro de las medias y la carne de mi propietaria. Ella también las vio, notó su calor y echó a correr en dirección a la salida. Al menos el coche estaba esperándonos y el chofer iba sobrio. Pero ¿y qué? Me harían volver a la sede central. Tendría suerte si podía cubrir el softball escolar en el condado de Prince William. Sin embargo, la señora Graham se echó a reír. Estaba sonrojada, encantada. «¡Dios mío! –dijo cubriéndose las perlas con las yemas de los dedos-. ¡Esto sí que es un circo! ¡He estado a punto de morir!».

Por fortuna, Remnick no fue culpable de la muerte de la señora Graham, quien décadas atrás había librado una de las batallas más importantes en la historia del periodismo, estableciendo una nueva relación entre el periodismo y el poder.

Graham es la protagonista de la película más reciente de Steven Spielberg: The Post, los oscuros secretos del Pentágono.

En junio de 1971, el New York Times, el Washington Post y los principales periódicos de E.U dieron una batalla a favor de la libertad de expresión, al publicar los Papeles del Pentágono, un estudio elaborado por el Departamento de Defensa, catalogado como documento secreto, que demostraba entre otras revelaciones que la administración de Lyndon B. Johnson había “mentido sistemáticamente, no sólo al público sino también al Congreso, sobre un tema de interés nacional trascendente e importante”.

Un funcionario del pentágono, Daniel Ellsberg, extrajo los documentos de forma clandestina y los filtró a la prensa.

Spielberg, de manera sobria y precisa, se sirve de ese trasfondo histórico para abordar dos temas: la libertad de prensa y el papel de las mujeres en posiciones de liderazgo.

A Graham se le cuestiona su capacidad para tomar decisiones, por ser mujer. Toma las riendas del Post tras el suicidio de su ex esposo, en un momento complicado, sin la confianza de los inversores. Se le nota, en los gestos de la magistral Meryl Streep, angustiada en las reuniones, asumiendo un rol secundario, o al menos dependiente de uno de sus principales asesores, a la hora de la toma de decisiones. Graham duda: parece que no logra, aún, sobrellevar su nivel de responsabilidad, hasta que las circunstancias la obligan a tomar una decisión que puede acarrear graves consecuencias.

The Post, camuflada como una película de época, tiene la virtud de aprovechar elementos del mejor cine de intriga: sentados en la butaca, mordiéndonos las uñas, somos partícipes del dilema que carcome a Graham en el clímax de la película.

A contracorriente de la relación asimétrica entre el propietario de un diario y su director editorial, Katherine Graham (Merryl Streep) y Ben Bradlee (Tom Hanks), el editor en jefe, respectivamente, sostienen una relación abierta al debate, al cuestionamiento. Sin la insistencia de Bradlee, quien funge como la voz de su consciencia (aunque también haya sido cómplice de la relación asimétrica entre la prensa y el poder), Graham no habría tomado la decisión que cambió el periodismo.

Graham toma una decisión y se empodera. Arriesga todo. Se da cuenta que la relación de la prensa con el poder tiene que, forzosamente, cambiar. Ella misma, que se siente cómplice del poder, al sostener una amistad con uno de los personajes principales implicados en el escándalo de los Papeles del Pentágono, tuvo que trazar esa línea divisoria.

Una película muy actual, que invita a seguir reflexionando sobre dos temas: empoderamiento femenino y la relación prensa-poder.

 

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